Pibe venadense rechazó la bandera en séptimo grado: “No soy mejor que mis compañeros”

Camilo pasó a séptimo grado y quedó seleccionado para llevar la bandera argentina, el distintivo que, según el organigrama escolar, porta quien tiene mejor promedio y es ejemplo de valores y comportamiento. Una elección supuestamente emparentada con el orgullo. Pero Camilo la rechazó. Según narró su mamá en Facebook, el chico dijo que no porque no siente ser mejor que otros y que si la bandera fuera algo verdaderamente importante, la deberían llevar todos alguna vez.

Desde un aula de escuela primera, un pibe con inclinaciones artísticas y sensibilidad social, logra poner en jaque el esquema elemental de valoraciones que subyace en el sistema educativo e instalar preguntas incómodas para un presente en el que se promueven afanes meritocráticos y se fantasea con mundos regidos por los mejores. La regla de la eficiencia y el rendimiento queda, así, desnuda en su arbitrariedad de origen: ese que es señalado y diferenciado, puesto en un nivel superior al del promedio de sus compañeros, reniega de eso. La institución hace un movimiento en falso y queda descolocada a pesar de los intentos por destacar la actitud ejemplar de Camilo y celebrar su humildad, aun cuando fueron esos valores de diferencia los que el pibe puso en cuestionamiento.

Verónica Brandoni, la madre de Camilo, habla sin sorpresa de la resolución de su hijo. Camilo participa activamente en actividades políticas y desarrolla una intensa práctica artística donde despliega su talento para la pintura y el dibujo. No son solo intereses contrapuestos a los fomentados desde la institucionalidad oficial, sino un modo de percepción divergente, que acusa ese orden de premiaciones y celebraciones que encumbra el éxito y fantasea un mundo liderado por los mejores y los que más tienen. Mientras dirigentes políticos, medios de comunicación e instituciones públicas hablan del rendimiento y se establecen mecanismos para asignar recursos a las escuelas en función de las calificaciones obtenidas a partir de evaluaciones anquilosadas y parciales, uno de los alumnos más destacados, reniega del funcionamiento que lo distingue. El gesto disruptivo es, precisamente, rechazar ser un ejemplo, denunciar la infantil prepotencia de la eficiencia.

La “buena educación” es objeto de crítica. Mientras se incentiva el optimismo y la renuncia al pensamiento crítico, un pibe de séptimo grado hace uso del inconformismo y con una mínima actitud deja al descubierto la hipocresía de quienes lo felicitan. “Lo único que quisiera aclarar es que no fue un rechazo o desprecio. De hecho, pensó que quien quedara en su lugar estaría más feliz que él de portar la bandera porque seguramente lo deseaba”, aclara la madre, quien lo acompaña en las jornadas donde Camilo toma partida, como la lucha contra la violencia de género o la participación que tuvo en el debate contra los concursos de belleza.

 “Yo trabajo en los tres niveles y considero que el sistema educativa caducó. No se preparan sujetos críticos, así los cambios no van a venir. La segunda institución más importante es la escuela, y por más amor que les demos, la institución ya nos establece de una forma verticalista. Yo como docente me pregunto quién soy yo para poner un nueve o siete a un chico. La idea de la educación no es destruir, sino cambiar, hay que pensar otro sistema”, comenta Verónica.

Como era previsible, la propagación de la historia levantó una fuerte polémica. La escolarización es uno de los fundamentos principales para el reaseguro de jerarquías y formas de concebir las relaciones basadas en el privilegio del que responde mejor. La presión de las calificaciones, un sistema de evaluación rígido y retrógrado, suponen una estandarización de los comportamientos, una manera homogénea de poner en práctica aptitudes y habilidades, amoldamientos según horarios y la parcelación del saber. El sistema educativo en su integridad se remueve, se muestra viejo, atrasado, restringido.

Lo curioso es que sea un pibe quien logre instalar un debate necesario en la comunidad venadense, tan fogoneada por sueños de primer mundo, berretines de elite y devoción por los ganadores. Camilo consiguió mostrar el lado más perverso del éxito, el trasfondo incómodo del triunfalismo. No quiso ser distinto, porque no se reconoce distinto. Con esa actitud, saca a la superficie el cúmulo de significados que se concentran en un símbolo como la bandera, el sentido que adquiere dentro de la distribución de roles y atribuciones de valor hacia dentro de las instituciones escolares.

“Sus fundamentos fueron de que no quería figurar en nada y que no era mejor que otros para figurar, y si la bandera es importante, por qué no la tienen todos por lo menos una vez. Es un chico muy sensible en la cuestión social. Y teniendo en cuenta que se siguen matando chicos y exiliando gente a partir de banderas, él dijo que no lo representaba. Siempre con respeto y dijo que si a los otros chicos los hacía feliz que haya un abanderado más, él estaba contento con eso”, agrega la madre.

La posibilidad de pensar nuevas subjetividades, formas novedosas y creativas de establecer relaciones y producir conocimiento, imaginar posibles hacia adentro de las escuelas, desmontar los armados formativos que sustentan un universo de privilegios y desigualdades, desarticular criterios de diferenciación sostenidos en el rendimiento y la acumulación de premios, otro modo de valorar la vida y la forma de acercarse, estar y hacer con los otros, se desprenden de la decisión de un pibe, mientras los valores oficiales parecen enfilarse hacia la promoción del éxito numérico, la calificación y el merecimiento, relegando a los derrotados, a los que pierden y a los erróneos.

“El tema es que hoy eso es algo raro, muy pocos lo hacen. Un compañero de él también renuncia, evidentemente no es algo que todo el mundo quiere”, finaliza Verónica. Lo de Camilo es un gesto integrador, porque él decido romper con la lógica de quienes intentan establecerlo como excepción. Se tira para atrás, abandonado mensajes heredados, pautas de conducta, condiciones para juzgar las situaciones. Dice no y se lo dice a los mismos que lo festejan, los que hablan del orgullo y de lo ejemplar de su actitud.

28.12.2016
1:48 Hs

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