La muerte, el silencio y las imágenes de ciudad en Venado

(Lucas Paulinovich) Que un pibe tome la decisión de matarse, es un hecho significativo. Que esa decisión sea llevada a la práctica en el colegio, responsabiliza a la comunidad. Que ese colegio sea el elegido para la primera visita presidencial y ubicado como referencia de educación en la región, habla de un imaginario de la ciudad en crisis. Más allá del morbo circunstancial de la difusión nacional del caso, la construcción de la noticia a partir de lo escabroso, sin reservas de identidad, apuntando al sensacionalismo más elemental, el silencio mediático local deviene encubrimiento. Nunca fue mejor no hablar de ciertas cosas, esa tradición católica de enmudecer para que pase, es evidente leyendo la historia, únicamente produjo reacciones peores, emergencias inesperadas de lo reprimido, que todo siga pasando. El silencio es, en esos casos, la forma última de la violencia.

Un episodio como el que sucedió en Venado Tuerto no puede menos que llamar a la reflexión, abrir interrogantes sobre las dinámicas educativas en las que se inscriben los pibes, desmenuzar las lógicas institucionales que dan forma a los colegios de la ciudad. Hablar de bullying, como si se tratara de la pura maldad despiadada de sus compañeros, no solo distorsiona y reduce los hechos, sino que corresponde a un alto grado de mala intención. El bullying es un fenómeno social, que se engendra al seno de las relaciones interpersonales. Incluye, en tanto, a todos los integrantes de la comunidad. Puede, entonces, comprenderse desde sus efectos reactivos: qué tipo de disciplina se aplica sobre el comportamiento de los pibes para que estos la devuelvan en atroces actos de discriminación, humillación y agresiones.

Hace unas pocas semanas se conoció que se realizaría la primera marcha del orgullo gay en Venado Tuerto. La movilización, que tiende a visibilizar y enfatizar la defensa de los derechos de las sexualidades disidentes y poner en discusión estereotipos, estigmas y paradigmas de género que rigen las prácticas cotidianas, se realiza desde hace varios años en distintas ciudades del país y se constituyó como un acontecimiento referencial del proceso de apertura de derechos que se concretó en la sanción de la ley de matrimonio igualitario, pero abarcó una larga trayectoria de luchas, resistencias y reivindicaciones desde todo lo largo de la historia. Los comentarios de lectores en los medios digitales de la ciudad o en el perfil de Facebook de las radios que dieron a conocer la noticia, son por demás de elocuentes.

Si bien es cierto que el comentario virtual se volvió un género particularmente signado por los microfascismos y las expresiones más repugnantes de intolerancias y fantasías exterminadoras (como si todos los males de la tierra pudieran resolverse simplemente eliminando al otro), no deja de ser demostrativo del ánimo social de una ciudad y describe en parte la consistencia retrógrada de nuestra concepción del mundo. La intolerancia y el odio a la diferencia son prolongaciones de jerarquías que se consolidan y demarcan los campos de acción y los repertorios de acciones aceptadas. Es decir, antes hay un armado institucional que permite la fijación de patrones de conducta, modales aceptables, pautas de consumo y formas de ser que se insertan dentro de la normalidad. Lo excluido queda expuesto, pasible de sanciones y castigos.

El punitivismo segurista que se exhibe en gran medida en nuestra región, con referentes a escala nacional del endurecimiento de penas y la salida por vía autoritaria de las problemáticas sociales, tiene su complemento en la gestión opresora de los modos de vida. Son extensamente conocidos a media voz (lo que nos deja en lugar de preguntar sobre la hipocresía que compone el entramado básico de interacción social en Venado Tuerto) los casos de abusos de autoridades, discriminaciones institucionales, actos de violencia directa sobre los alumnos, las condiciones de semiesclavitud a los que se los somete, la imposibilidad de crítica y protesta de los docentes, el régimen de premios y castigos basados en una lógica de la compensación que simplifica cualquier potencialidad humana, y un supuesto moralismo férreo que consiste básicamente en la denigración del error y la ética de la servidumbre.

El CAR se volvió, de esa manera, una imagen de lo deseable para Venado Tuerto, en tanto que representó como pocas instituciones el núcleo bullente del modo de vida del nuevo sujeto agrario, un horizonte de deseos y posibles, un determinado tipo de vínculo que se establece con los otros y con las cosas, signado por el espíritu del mejoramiento, la prepotencia y la verdad científica como fundamento de toda verdad que autoriza al ejercicio sin miramientos del mando. Al concentrar a buena parte de los hijos de los productores agropecuarios de la región y ligarse estrechamente a las empresas biotecnológicas y exportadoras asentadas en la zona, el CAR logró cristalizar diferentes dinámicas que se dieron en el campo argentino los últimos 20 años y que constituyen una reformulación de las viejas tradiciones y costumbres telúricas, de por sí ya caracterizadas por su machismo, su discriminación y su facilidad para la violencia.

Que este caso haya sucedido en el “colegio modelo”, implica un fuerte cuestionamiento hacia dentro de toda la sociedad venadense. No supo proteger a sus alumnos, detectando el sufrimiento, desalentando las prácticas discriminatorias, proponiendo otro tipo de vínculos entre los pibes. Más bien, ocurre lo contrario. Rige la idea del enderezamiento y la formación firme en la cultura del trabajo, como si no fuera ese mismo sector productivo, eje vertebral en la estructura social argentina, el que pusiera entre paréntesis tanto la entereza de costumbres (desde el lavado hasta el financiamiento de las pequeñas actividades delictivas tienen origen en los dineros de la agroexportación) como la noción de cultura del trabajo (el despampanante desarrollo tecnológico va desplazando la actividad humana y automatizando cada una de sus instancias). Seguir entendiendo las relaciones sociales entre derechos y torcidos es casi un acto criminal.

Quedan a la vista los riesgos de la meritocracia. Si hay lugar solo para los vencedores, los que merecen estar, es grande la casta de desarraigados. La muerte del pibe en el predio del colegio de la elite agropecuaria regional es una alarma que dice de una sociedad que excluye y estigmatiza la diferencia, los que no encajan en los cánones de normalidad y quedan, por eso, desautorizados para existir. El autoritarismo es un régimen de aceptación: la figura incuestionable del que imparte órdenes y supone la disciplina, lo que hace es separar, dividir entre los que obedecen y aceptan, y los que quedan por fuera. No hace falta relevar los fracasos de las pedagogías autoritarias, la inútil vigencia del padre omnipotente, dador de orden. El silencio de los medios locales, amparados en la excusa del respeto a la familia, se contrasta con otros casos, también de suicidios, en los que no se tuvo el mismo reparo y consideración. Ahí sí hubo relato y adjetivación, porque había otras distancias: el caso de Sergio Loza, el pibe que apareció “suicidado” en la celda de una comisaría, no mereció los mismos respetos. La empatía se genera por identificación y cercanía, y entre los modelos posibles, todos deben querer ser como los ganadores.

En eso el CAR es una referencia, la representación institucional de lo que Venado quiere para sí mismo. La educación no puede ser manejada por fanáticos, quedan a las claras los resultados. La responsabilidad de los que compran ese producto y legitiman su prestigio de inflexible, tiene que ser problematizada. Los casos trágicos y dolorosos son momentos de apertura, instantes para que emerja la pregunta y se pongan en crisis los valores que sostienen una imagen de ciudad ahuecada por todos lados. En tanto, el Estado aplaude la formación de logias exclusivistas y las subsidia. Plegarse a ese silencio no es respeto, es aval, liso y llano.

19.09.2016
1:32 Hs

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