La inseguridad, ese gran problema sin padres…

(Venado Tuerto, análisis Daniel A. Ferreyra) Llueve. Hace dos semanas que llueve, sin que podamos evitarlo. Y con la misma fuerza que las lluvias han hecho reverdecer tanto a yuyos benignos cuanto a malignos (y a la soja, que a veces me dicen que es buena y a veces que es mala), han proliferado acusaciones hacia quienes serían los causantes de los males que nos azotan, a modo de nueva vuelta de tuerca en ese oficio tan argento de echarle la culpa al otro, meter la cabeza bajo la tierra, o sencillamente cruzarse de brazos como quien resignadamente oye llover. Sin dudas, este viejo deporte nacional ha cobrado un renovado impulso y nuestro intendente se ha transformado en un representante de esa práctica tan criolla como irritante.
Por un lado, el gobierno encabezado por Cristina y el siempre sonriente Amado, señala con relativa justicia a especuladores y a grupos de poder económico como ideólogos y responsables del aumento del puchero y del rabanito, reservándose para sí, sólo la autoría de las buenas noticias. Y lo dicen queriendo hacernos creer que la especulación, la avaricia, o la insensibilidad de los banqueros (esos sí que pueden hablar de “década ganada”) es una enfermedad novedosa y sorpresiva de la que no se le conoce antídoto. ¡Para eso están ustedes, mis amigos!, para trasponer escollos, porque para relatarlo y encontrar culpables ya estamos nosotros, que arreglamos la patria y el mundo en cada esquina, o en la cola del supermercado: “¡Cómo aumentó todo! ¿Vio señora? Qué barbaridad…”.
Pero por estos pagos del Venado Tuerto y fuera de la cuestión económica, vemos que el intendente está haciendo uso (¿y abuso?) de la misma modalidad que se desprende de Olivos o desde El Calafate, repitiendo incansablemente que la culpa es del otro y que, por ejemplo, en lo referente a la inseguridad él “no puede hacer nada porque no es ni el comisario, ni el fiscal, ni juez”, que es otra verdad a medias, por cuanto sabemos que la Policía y la Justicia son dos actores relevantes en la lucha contra el crimen y que lejos están de cumplir con lo que esperamos, pero queda tristemente evidenciado que eso de que “la seguridad es un tema de todos” es sólo un bonito eslogan, ya que según él, el asunto es un problema de la policía y de los jueces, y entonces, pensará, ¿a mi por qué me miran? Yo estoy para reclamar con los vecinos y hasta los acompañaría a cortar la ruta. Una vez más nos relatan lo que ya sabemos, nos cuentan lo que pasa, lo que sufrimos en carne propia y ajena, y quienes tienen las herramientas para defendernos se cruzan de brazos como en un velorio para decir con la vista en el infinito “qué barbaridad las cosas que están pasando”.
La ausencia del Estado nos está haciendo perder el dominio del espacio público y ahí es cuando aparecen los cobradores de peajes en calles o los “okupas” de plazas. La permisividad o la desidia comunal ha hecho que ya no nos sorprenda cruzarnos con un vehículo sin identificación, aún sabiendo que es el pasaporte ideal para cometer un delito, y terminamos confundiendo al arrebatador con el honesto, creándonos un manto de sospecha generalizado e injusto. Si se agudizara la acción del Estado municipal en los controles de tránsito (por citar un ejemplo), se le acotaría espacio al que vive en las sombras. Acción y presencia del Estado, repito. El Estado tiene los recursos para proveer derechos para todos, y debería cumplir su fenomenal tarea igualadora tanto en el orden nacional, provincial, como municipal porque de no ser así, florece entre otros desvíos el de la justicia por mano propia y la antojadiza y discriminadora condena social por portación de rostro. Además, si se extendieran y profundizaran inspecciones a vendedores de celulares, desarmaderos, u otros comercios, se cerrarían más caminos a los reducidores y a sus espontáneos clientes y proveedores que les hacen el caldo gordo, como propone la oportuna campaña “no compre robado” ideada desde el barrio Ciudad Nueva de la que el municipio pagó los afiches para difusión. Insistir en estos ejes serían aportes modestos pero eficaces y progresistas de la Municipalidad al tema.
Cuánto desearía yo, protestón eterno y virulento, estar analizando alguna línea emanada de la cabeza del intendente; digo, aunque sea un tímido planteo que me convenza de que le interesa el bienestar de todos, y no que sólo se empeña en usar la desgastada artimaña de hacernos mirar para otro lado. Quisiera aplaudir o disentir sobre alguna acción concreta, más allá de las que la Municipalidad ya practica y supongo tan valiosas como insuficientes. Quisiera que el intendente no se pare frente a los hechos como quien oye llover porque los acontecimientos se pueden evitar. Quisiera en definitiva, debatir sobre alguna idea que se le haya ocurrido, en vez de quejarme como ahora.
(foto gentileza Andrés Barbiani)

13.02.2014
12:25 Hs

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