Jorge Lagna: abogado, peronista y goleador implacable

En 1995 Jorge Lagna fue electo concejal por la ciudad de Venado Tuerto y a partir de ese momento inició una extensa trayectoria ocupando cargos públicos de manera ininterrumpida, incluidos dos períodos como diputado provincial y su presente como secretario de Gobierno en la Municipalidad venadense. Sin embargo, su vida no siempre pasó por la política y el peronismo, sino que estuvo durante su juventud fuertemente vinculada al fútbol.

Destacado delantero de los albores de los ’80 en la Liga Venadense, Lagna tuvo previamente un importante paso por las inferiores de Rosario Central, que no solo lo moldeó en lo deportivo, sino que fue una experiencia que lo marcó a fuego en lo personal. Lo que no muchos saben es que ese delantero pícaro y goleador se mantuvo en la ciudad de Rosario como estudiante de Derecho gracias a los ingresos económicos que le generaba el fútbol, porque desde un primer momento tuvo la inquietud de estudiar además de jugar.

“Yo era bastante vago en la cancha, me desplazaba muy poco”, confiesa hoy Lagna. Sin embargo, “era vivo para ubicarme, era un nueve que veía bien el fútbol, y en Central aprendí a tirarme atrás y a los costados. Aprendí los fundamentos, era difícil marcarme porque aparecía por diferentes lugares. El puntín mío era famoso, yo en el área le pegaba así porque hay que resolver rápido, y en Central aprendí a defenderme, usaba mucho los brazos y salí goleador en todas las divisiones que jugué”, recuerda.Lagna 3

Originario de Murphy, la familia Lagna se instaló en Venado Tuerto para que Jorge y su hermana estudiaran, por eso empezó a jugar en Jorge Newbery, donde ya se destacaba como goleador. “A los 15 años debuté con la Primera en amistosos de pretemporada, pero ahí me fui a probarme a River con varios chicos de acá como el arquero Mortarini y Franetovich, quedamos pero no nos pagaban la pensión. Entonces me vinieron a buscar de Central, y cuando cumplí los 16 fui para allá con Lorenzini y Tom Peralta, quien terminó jugando en Ecuador y vive allá”, repasa.

Diciembre de 1976 vio desembarcar a un joven Lagna de cabellera enrulada, que además de empezar a jugar en la Quinta División, cursaba el quinto año del Colegio Nacional 1 de Necochea y 9 de Julio, donde era rectora la madre de los Bielsa.

“En ese primer año vivía en el Hotel Palace, de Corrientes y Córdoba. Yo lloraba todos los días porque no aguantaba estar tan lejos de la familia. Ahí vivía con el Oso Ferrero y Héctor Zelada, que eran los arqueros, y el Tuqui Vallejos, más los otros dos chicos de Venado. Nos íbamos caminando todos los días al colegio con (Jorge) Balbis y (Víctor) Wolhein”, recuerda.

Después Lagna pasó a la histórica pensión de Sarmiento y Mendoza: “Una casa antigua donde en el piso de arriba éramos 35 monos, estábamos todos los del interior y me hice muy amigo de Teglia, el Chino Wolhein y el salteño Argota. Por ahí pasaron Veneno Gianassi y Acuña, un wing derecho de Juventud Unida de Santa Isabel”, rememora.

Yendo Derecho

Jorge Lagna tenía una diferencia con el resto de los compañeros de pensión, porque “yo era el único que estudiaba una carrera universitaria, en la pieza éramos ocho y yo me levantaba a las 5 y media para estudiar, prendía el velador y los otros me tiraban almohadas porque querían dormir. Era muy difícil hacer las dos cosas, tanto es así que Griguol casi me echa en una pretemporada porque me dieron todos los test físicos al revés. Yo estaba haciendo el cursillo de ingreso a la Facultad, dormía muy poco y estábamos haciendo la pretemporada mañana y tarde, entonces le expliqué por qué era, porque pensaban que estaba de joda. Y ahí me bancó”.

Lagna llegó hasta la Tercera y la Primera local, asegura que “fui goleador y campeón en todas las divisiones de Central, jugué con tipos como Balbis, Wolhein, Cornaglia, Teglia, Sperandío, con el Negro Palma jugué algunos partidos en la Primera local. Tuve técnicos como Griguol, Erausquin, Poy, Pagani, todos de primer nivel”. Pudo conocer a singulares personajes como el Pampa Orte, que “iba a la pensión con el Opel K 180 naranja con patonas y nos llevaba a comer o adonde saliera. Un tipo bárbaro”.

Lagna

Otro hito imborrable fue el partido que jugó el 25 de mayo de 1978, que significó la inauguración del remodelado estadio Gigante de Arroyito integrando una preselección juvenil de la que luego fue al Mundial de Japón. “Fue la primera transmisión a color que se emitió desde Argentina. En el Colegio Nacional de Venado Tuerto pusieron los televisores para ver el partido porque jugaba yo, que era ex alumno”, cuenta con orgullo.

 

Pegar la vuelta

Después de hacer la pretemporada en 1980, Lagna entendió que era el momento de cerrar su etapa en el Canalla. “Tenía posibilidades de irme a préstamo a Atlético Ledesma de Jujuy que jugaba el Torneo Nacional o quedarme peleándola un año más, porque era el momento de firmar el primer contrato profesional y había muchos jugadores. Pero no me quise ir al norte y en Central tenía que remarla jugando en la Primera local”, afirma.

Fue en ese momento que “me llamaron desde Murphy que estaban armando un equipo importante de la mano de Coco Lázzari, y me entusiasmé. Me pagaban muy bien, me fui a vivir a un departamento en Rosario y viajaba los viernes, y yo llevé a Cinquepalmi, a Lorenzini y a Jarque para ese equipo que fue tremendo, campeón 1980 y 1981. Estaban Balagué, Nocelli, Marconato y ganamos muy bien los dos campeonatos”.

Inclusive después “jugamos el Torneo Regional, le ganamos a Renato Cesarini en cancha de Newell’s, que tenía a Ermindo Onega, Artime, Andrada, Eduardo Solari”, aunque de locales no pudieron repetir la experiencia y quedaron eliminados.

El delantero recuerda que “en el 80 me fracturé el pie porque marcaban las áreas haciendo como un pozo donde iban las líneas y en un partido con Centenario me quedé trabado y me fracturé el quinto metatarsiano, quedando unos ocho meses sin jugar, volví recién para la final. El ‘81 fue mi mejor año, jugué, fui goleador, jugamos en la Selección de la Liga, le ganamos a la Tercera de River y le hice dos goles, le hice un gol a Independiente que también vino a jugar acá”, asegura.

Tras otro año en Murphy pasó a Central Argentino y después un año en Centenario, en lo que era el germen del inolvidable equipo de La Biblio. “En el Bosque llegamos hasta cuartos de final y en la Fiebre hicimos sensación en la primera parte del campeonato, pero cuando llegó el verano no había mucha disciplina en los muchachos y quedamos afuera. Ahí jugaba con Sevilla, Rojo, Toselli, el Topo Dabove, Taddia, Charly Padovan y Bazán que había ido de Central Argentino conmigo”, enumera.

Por expreso pedido de su viejo, volvió a Unión y Cultura para jugar dos años más, los últimos de su carrera, logrando el título en la Copa de Oro del ’87. Sin embargo, “me corté el tendón de aquiles, que me demandó un año de recuperación, y no quise jugar más. Me retiré con 27 años”.

 

Pasión por el fútbol

Jorge Lagna parece haber vivido tironeado entre su destino de futbolista y un promisorio futuro como estudiante brillante. Tanto es así que “yo era un alumno muy bueno, abanderado del Colegio Nacional, inclusive podría haber tenido una beca para estudiar en el Instituto Balseiro, pero me terminé yendo a jugar al fútbol, algo que los profesores no podían entender. De todos modos, siempre tuve en mente que tenía que estudiar y Abogacía me permitía ir metiendo materias por los horarios”, decisión de la que hoy se enorgullece.

“Ahora me arrepiento de haber dejado de jugar tan joven”, dice Lagna, quien de inmediato empezó a despuntar el vicio los sábados en los torneos amateur, vistiendo durante casi tres décadas la camiseta de Universitario, que recién este año lo vio colgar los botines para abocarse a la función de técnico, donde dirige a su hijo.

De todos modos, mirando en retrospectiva Lagna tiene algo en claro: “Yo decidí terminar con el sueño del futbolista, en Central me decían que me quede a pelearla, pero era difícil llegar con el equipo que iba a ser campeón, no la quise pelear más y ya había decidido estudiar. Me acuerdo que mi viejo se agarró una tremenda amargura la noche que llegué y le dije que no jugaba más, porque él quería que yo jugara a la pelota. Mi viejo me reprochaba que no me quedé a pelearla, pero como enganché en Murphy y él era fana, ya era un consuelo”.

Después de estar nueve años en Rosario, volvió a Venado Tuerto con el título de abogado en diciembre del ’85 (después de meter 18 materias en veinte mLagna 2eses), al año siguiente se casaría y pronto empezaría a trabajar en el estudio jurídico de Roberto Scott, con quien entró en la política, para dar paso a su otra gran pasión en la vida.

De los años en las canchas lleva consigo las enseñanzas imborrables de Timoteo Griguol, los gritos de gol, los títulos, los amigos, las alegrías de su viejo Alberto y desde hace unos pocos días la camiseta número 9 de Unión y Cultura, la que recuperó después de más de treinta años y avisó que la va a encuadrar porque “como dice el Diego, uno se muere futbolista”.

 

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