Escuelita Ambulante para niños marginados: “Educamos para que cada tiza usada sea una bala no disparada”

Pizarrones improvisados con puertas viejas y pupitres que en realidad son tachos de pintura vacíos, así enseñan desde la Escuelita Ambulante “Caminos de Tiza”, una propuesta de educación comunitaria de voluntariado en basurales, aldeas, comunidades originarias y barrios marginales en las provincias de Corrientes, Misiones y Río Negro. La escuelita comenzó en Corrientes en el 2014, cuando Julio Pereyra, su fundador, se encontró con niños no escolarizados en un basural. Según aclaró el educador comunitario y docente de apoyo a la inclusión, Julio Pereyra, “igualmente es imposible mencionar un sólo factor que me haya movilizado para comenzar el proyecto. Más bien fue una suma de situaciones y cuestiones ideológicas que mucho tienen que ver con la educación comunitaria y la inclusión social y educativa de los niños con discapacidad principalmente, ya que son los más marginados”. Y es que mucho antes del 2014, “yo ya venía realizando trabajos de esta índole, no fue algo nuevo para mí sino que fue una mirada de articulación de un proceso educativo”, dijo Pereyra.

Sin embargo, la imagen de aquellos niños analfabetos trabajando en el basural y el notar que no se trataba de un caso aislado, fue uno de los factores influyentes que lo hicieron ponerse manos a la obra. “Tengo autismo y una de las cosas que no tolero de las personas neurotípicas es que primero se proyecta y luego recién se actúa. Para mí es al revés, yo detecto un problema y actúo y recién durante el proceso voy corrigiéndolo”, confesó.

Los comienzos

Si bien ahora la Escuelita es reconocida a nivel internacional, los primeros años su aceptación social no fue nada fácil: “Cuando arrancamos, nos costó mucho que nos recibieran porque no éramos conocidos. Pero con los años, eso fue cambiando y empezaron a llamarnos de diferentes lugares para que vayamos. Ahora son los referentes de cada lugar los que nos piden que vayamos porque saben de nuestro trabajo”, señaló. De hecho, una de las razones que lo obligaron a irse de Corrientes hacia la tierra colorada, fue que “me fui cansado de la censura y desprestigio de muchos funcionarios. En Argentina si denuncias mortalidad infantil o que hay chicos viviendo en la basura por falta de proyectos y políticas públicas, no siempre es bien recibido y eso me pasó a mí”, contó. Durante esa época, Julio conoció al veterano de guerra de Capioví Raúl Saucedo, quien lo invitó a hacer actividades en la zona: “Desde ahí me instalé en Misiones y la idea es quedarme acá porque mi compañera de trabajo es de Capioví, yo ya tengo mi casa acá… Me quedaré en la provincia hasta que la vida me corra”, dijo.

Hace tres años que se instalaron en la provincia, funcionando en 14 puntos del territorio. “Trabajamos en barrios, comunidades mbya, colonias rurales y articulación con escuelas. Abarcan las localidades de Roca, Capioví, Puerto Rico, Andresito y San Antonio”, explicó.

Escuelita ambulante

“Escuelita porque no se trata de un sistema de educación formal y ambulante porque somos una propuesta educativa itinerante: pese a que en Misiones construimos escuelas, nosotros somos los que acercamos la educación a los barrios, aldeas, comunidades y basurales”, explicó.

En cuanto a las acciones que llevan a cabo, Pereyra enumeró el apoyo escolar, alfabetización inicial de niños y adultos, procesos terapéuticos y pedagógicos a niños con discapacidad -que abarca enseñanza de sistema braile, lengua de señas, uso de bastones y utilización de bipedestadores-, educación sexual integral, educación primaria de la salud, roperos solidarios, ollas populares y huertas. Asimismo, el educador resaltó que “no hacemos asistencialismo. Si bien en la práctica se llevan a cabo acciones concretas, esas acciones tienen un propósito educativo. No es llevar la ropa, es enseñarles a coser botones y cierres. No es darles comida, es explicarle la importancia de cada alimento y nutriente. Nuestro abordaje siempre es educativo”.

Finalmente, el educador se refirió al equipo de trabajo, Julio dijo que son solo dos personas: la profesora Yanina Rosi, encargada de la educación guaraní, y él. “Somos dos porque solemos articular el trabajo con la gente que está en los barrios y porque este proceso exige dos cuestiones muy importantes que, cuando se involucran a más personas, se pierde: la continuidad y la no adhesión a ideologías religiosas o políticas”, explicó. Según contó, tuvieron experiencias de voluntarios que “se interesaban por participar pero a las pocas semanas dejaban de ir y ahí empezaban los problemas”, dijo.

Educación comunitaria en pandemia

Pereyra sostuvo que “a nosotros la pandemia no nos afectó porque ya habíamos formado la dinámica educativa con radios comunitarias y con los papás de los chicos”. En lo único que confesó haberse visto afectados fue por la movilización. Y es que al no tener medios de transporte públicos que los acerquen a las comunidades, “tuvimos que ingeniarnos para llegar: viajamos mucho a dedo, dependiendo de la voluntad de que algún camionero nos lleve y cuando esto no pasa, nos movemos en remís”, contó. Tampoco pueden ir a los puntos con la misma frecuencia que antes o, cuando logran llegar, “nos quedamos más días de los que permanecíamos antes”. Pese a que al equipo educativo no se vio muy afectado por la pandemia, Julio destacó que “a los chicos sí les afectó. Además este años se sumaron muchos más porque no tenían posibilidad de acceder a otra actividad educativa y nosotros fuimos la única prestación pedagógica que tenían”.

Exclusión educativa

La educación de estas zonas es lamentable: los niños tienen problemas para memorizar, no pueden leer, tienen problemas de escritura, los gurises no tienen cultura general. Encontramos niños de cuarto grado de primaria que eran analfabetos y en pocos meses trabajando con nosotros ya saben leer y escribir. Hay que repensar la educación, porque parece que sólo importa pasar de año.

Al respecto también se refirió a su trabajo con chicos discapacitados, ya que “después de los 15 años los de las zonas marginadas quedan excluidos del sistema. Con suerte tienen una escuela especial que contienen a los niños hasta los 15 años aproximadamente pero después se quedan. No existen centros terapéuticos que los ayuden”. Es por ello que, a pesar de trabajar con niños no discapacitados, la escuelita se propone focalizar en aquellos niños que, por sus condiciones físicas o psíquicas, son constantemente marginados.

Fuente: PrimeraEdición

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