“Éramos una voz que había que callar”

Es el 2 de abril de 1982 y son las cinco de la mañana. Miguel Savage tiene 19 años. Se despierta en su casa de Adrogué y encara para La Plata, donde está cumpliendo la colimba en el Tiro Federal: le tocaba limpiar baños y cebarle mates a don Aldo, el encargado.

(Agencia Sin Cerco, Lucas Paulinovich) –  “Ese fue mi rol de combate durante 14 meses”, dice. En el tren camino a su puesto, Miguel viaja con otros pibes, ellos estudiantes universitarios. “Vos sos de los boludos que van a mandar a Malvinas”, lo joden. “No –responde tranquilo- estoy en un lugar que no me van a llamar, no tengo entrenamiento”. Pero la convocatoria de los militares tuvo sus desertores, algunos que no asistieron, otros que no entraban. Ese mismo día Miguel terminó acuartelado. No volvió hasta después de la guerra.

Una de las primeras decisiones tomadas por la actual canciller, Susana Malcorra, fue bajar de rango a la Secretaría de Asuntos Relativos a las Islas Malvinas. Entre los 120 despidos que hubo en el Ministerio en las últimas horas están incluidos todos los integrantes de la subsecretaría. Las Malvinas se borraron de las preocupaciones del estado nacional.

¿Qué implica ser un sobreviviente de Malvinas en este contexto que vivimos?

– Hay dos sentimientos, uno el que tengo todos los años y cada vez más profundo, que a medida que pasan los años me parece surrealista ser un sobreviviente de Malvinas. Me sigo preguntando quién hubiera sido si Malvinas noFoto 1 hubiera ocurrido, porque hace dar a mi vida un giro de 360 grados apenas comenzada, a los 19 años. Y por otro lado, me da un orgullo muy grande ser excombatiente, pero no por haber estado en una guerra, sino por haber sobrevivido a toda esa desidia en esa época, a todos esos años de olvido de una sociedad que no le interesó escuchar, y haber superado el trauma, salir fortalecido y tener una linda familia. Fue muy difícil para nosotros los sobrevivientes conscriptos porque fuimos mirados por la sociedad civil como un recuerdo feo de la dictadura; nadie quería hablar de Malvinas, en un país tan exitista y patriotero, nadie quería recordarlo. Al mismo tiempo, habíamos sido vistos por la dictadura como testigos de su inoperancia criminal. Entonces, éramos una voz que había que callar. Por eso yo me guardo la historia en una mochila durante 20 años. No es que lo quise hacer, me vi forzado ante ciertas reacciones de la sociedad, ciertas preguntas estúpidas, el chiste argento de ‘están todos locos’, respuestas increíbles como ‘con pendejos como ustedes cómo íbamos a ganar’, cosas de ese estilo.

¿Cómo fue regresar e insertarse en esa sociedad que aplaudió a Galtieri y a los tres meses lo puteaba y se montaba al carro de la democracia como si nada hubiera pasado?

– Fue demasiado abrumador para la mente y el alma de un pibe de 19, de clase media, sin lujos pero sin privaciones, que no es soldado profesional, que de golpe el Estado argentino lo deposita al pie del monte Longdon, en el combate más sangriento de Malvinas, que fue el conflicto bélico más particular del siglo XX, conviviendo con tres enemigos: el clima polar, el ejército más poderoso del mundo que nos venía a atacar y nuestros propios jefes, que eran el Plan Cóndor. Allá no veíamos nada, estábamos aislados. Fue volver y haberme dado cuenta; ver la tapa de Gente que decía que estábamos ganando y la sociedad que, con las manos en jarra, nos preguntaba como echándonos la culpa. Fue un choque tremendo. La torpeza patriotera y futbolera de la sociedad de entonces fue muy abrumadora, una sociedad en salita de tres, con el bocho totalmente lavado por los medios de la dictadura.

Cuando estaba en Malvinas, Miguel junto con cuatro compañeros y un suboficial iniciaron una caminata en busca de una base de operaciones inglesa para desactivarla. La orden: por vía pacífica o por la fuerza. El frío era horrible, de veinte grados bajo cero. Como no era experto en el manejo de las armas, su función principal era traducir inglés. En el camino se encontraron con una casa. Se tiraron cuerpo a tierra. Podían disparar ingleses y también kelpers. Tenían miedo, pero lo que sentían ante todo era hambre. Irrumpieron en ella y la encontraron vacía, con un desayuno interrumpido sobre la mesa. La recorrieron y en un cajón de la habitación encontró un pulóver, se lo puso y se lo llevaron junto con algunas provisiones. Veinticuatro años después, en 2006, viajó a las Malvinas y se lo devolvió a la hija del dueño. Fue una de las tres veces que volvió a las Islas. En 2011, organizó esos recuerdos en el libro “Viaje al pasado” que publicó en formato digital.

¿Qué importancia tuvo para romper ese silencio haber escrito el libro?

– Fue una bisagra fundamental en todo el proceso de intento de sanación, de llegar a un grado de aceptación de eso que había ocurrido. Lo escribo como quien vomita después de una gran descompostura. No soy escritor, pero me transforme en escritor, porque había una historia que contar, había miles de injusticias que había visto que tenían que ser conocidas. No me podía morir sin contar eso. Lo había intentado en varias oportunidades, pero había sido tan traumático que tuve que parar. Recién en 2010 pude hacer ese viaje al pasado, como se llama el libro, y mostrar eso como si fuera una foto vieja, con las cosas buenas y malas. Porque ciertos sectores de derecha me dicen que soy un zurdo que denuesto a las Fuerzas Armadas. Y yo les contesto que las Fuerzas Armadas no nacieron de un repollo, eran los mismos que habían estado robando bebés, pocos meses antes. De hecho, nuestro jefe en Monte Longdon de aquel entonces, mayor Carlos Eduardo Carrizo Salvadores, está preso por crímenes previos a Malvinas, específicamente la masacre de Capilla del Rosario, en Catamarca, ocurrida en el ’74, donde fusilaron a 16 campesinos. Lo que intenté con el libro y con las charlas es también, contar la historia en nombre de mis compañeros que no volvieron.

¿Cómo ves la dicotomía que en cierto momento se abrió entre desmalvinización, clausura absoluta del tema, por un lado y, por el otro, un heroísmo romántico, sin historia viva? ¿Qué implica el proceso de Memoria, Verdad y Justicia en relación a Malvinas?

– La gema de Memoria, Verdad y Justicia está en el informe Rattenbach, que Bignone ordena buscando presentar alguna justificación. Y se lo ordena a un buen general, un general sanmartiniano, Benjamín Rattenbach. En ese informe, que es muy técnico y preciso, se arroja la idea de que fue una aventura militar irresponsable. Cuando Bignone ve eso, ordena guardarlo bajo llave durante cincuenta años, y Cristina lo desclasifica en 2012 y ahora la sociedad puede saber qué pasó. En ese marco, en esa clara improvisación, también hubo algunos oficiales y suboficiales jóvenes que estuvieron a la altura de las circunstancias, que fueron heroicos. A mí no me tocaron, fueron todos jefes malos. Pero me consta que en otros lugares había buenos oficiales.

Miguel nunca fue a un acto oficial del 2 de abril. Cuando le preguntan si lo hace por no sentir la causa, responde con un recuerdo. El 25 de mayo, en el frente, con veinte kilos menos, medio moribundos, el teniente ordena formar fila en el monte, en medio de la helada y el viento con garrotillo. Tenían que cantar el himno y brindar el homenaje. Lo pedían esos jefes que robaban comida pero estaqueaban al soldado que se agarraba algo para sobrevivir. La tropa, por cansancio y para desobedecer, cantaba despacio. Los jefes se enfurecieron y los bailaron durante una hora. Le dieron patadas en las costillas y culatazos en la cabeza al que no tuviera casco, los hicieron arrastrar por charcos helados, diciéndoles de dios y la patria.

¿Qué Malvinas te parece que se recuerdan, tanto ahora desde el Estado, como en la sensibilidad social de la población?

A mí me quedó eso y casi que todavía no puedo cantar el himno. Lo mismo con la marcha de Malvinas, que si te fijas, es muy parecida a la del mundial ’78. Son marchas militares celebratorias, mientras al mismo tiempo, se estaban faenando adolescentes. Después me queda una emoción que no puedo evitar, que es una especie de rencor hacia esa sociedad patriotera que celebró que nos estaban matando a nosotros. Y en los actos es casi el mismo ambiente, 34 años después. Nosotros los sobrevivientes tenemos una enorme responsabilidad. Ahora estoy trabajando dando charlas con la Municipalidad de Venado Tuerto, y me doy cuenta que hay un abismo de conocimiento del contexto histórico por parte de los docentes, no saben un carajo. Y están con ese cassette del himno y la marcha, pero desconocen cómo fue realmente. Ahí redoblo la apuesta de contar la verdad, rescatando las figuras heroicas, pero sin aflojarle a la denuncia de las condiciones infrahumanas a las que fuimos expuestos. Como síntesis, Menéndez, el exgobernador, se murió hace poco negando y ridiculizando el informe Rattenbach.