Amor y desamor en tiempos de aislamiento

Se conocieron o se reconciliaron justo en la previa de la cuarentena. El aislamiento obligatorio los dejó sin posibilidad de encontrarse cuerpo a cuerpo, de mirarse cara a cara. Tuvieron que redescubrir las reglas de la seducción o el cortejo a la distancia. El deseo expresado por video llamadas o deletreado por chat, el regreso a las cartas por correo electrónico como los intercambios epistolares de otras épocas, la búsqueda de delivery de lencería sensual, el sexting, mirar películas en paralelo o compartir recetas de cocina son parte de los nuevos relatos del amor en cuarentena.

Videollamadas yendo al chino

A principios de marzo L. se reencontró por redes sociales con un compañero del secundario. No sabía nada de él desde que habían terminado las clases, hace más de 25 años. Por un comentario en una publicación de un amigo en común empezamos a hablar. Ella es licenciada en Sistemas. Él es bailarín de tango.

–Me había olvidado de su existencia pero también, de que siempre me encantó.

En la primera salida fueron a cuatro bares, como queriendo recuperar tiempo perdido, del pasado y de la futura cuarentena que ya asomaba sin ser declarada.

–Por suerte, pudimos vernos cinco veces. Nuestras salidas serían bien preciadas ahora: ir a una cervecería, a un concierto de tango, a una librería y hasta a cenar el día anterior a la imposición del aislamiento obligatorio.

Él está separado y a cargo de sus hijas pequeñas durante el aislamiento social preventivo y obligatorio así que con L. se comunican mayormente cuando va al súper chino a hacer compras.

–Primero eran tímidos textos y después se convirtieron en inevitables video llamadas para poder vernos la cara. También apelamos al mail como si fuera correspondencia a la antigua y aprovechamos para conocernos como si viviéramos en 1930. Sentimos que es romántico, inusual, histórico, pero se hace difícil la distancia en el momento en que tenemos más ganas de vernos. A veces hablamos poco para no extrañarnos y otras, no podemos parar de compartir recetas, canciones y pequeños logros domésticos. También nos hacemos los que no nos extrañamos pero terminamos mandándonos gifs de perritos que nos parten el corazón.

Del sexting a las charlas profundas

F. se separó hace dos años. Tiene 45 años y es economista. Tuvo una seguidilla de citas fallidas a través de aplicaciones como Tinder así que había decidido dejarlas por un tiempo y aprender a disfrutar y a elegir su soledad.

–Estaba mejor.

En enero volvió a probar con Tinder sin muchas expectativas.

–Venía de mal en peor con los tipos que me cruzaba. Pero de pronto con uno se dio algo lindo. Tuvimos una primera cita, la segunda, y así llegamos a marzo. Hablamos y acordamos que íbamos a estar juntos, sin salir cada uno con otras personas, lo que se da cuando una relación fluye. Los dos veníamos con mucha actividad profesional. Él se había separado hacía tres años.

Y llegó la cuarentena.

–Al principio dijimos: “¡Uy, vamos a estar dos semanas sin vernos, que bajón!”. Y llevamos ya cinco. Apoyo la medida pero puteo por dentro. Por el poco tiempo que llevábamos conociéndonos, estábamos en lo mejor a nivel sexual. Nos aguantamos las ganas de vernos pero se hace difícil. Mi terapeuta me dice: “venías de muchas relaciones basadas solo en el encuentro sexual y no te dejaban nada. Esta cuarentena te hizo tener otro tipo de vínculo”. Esto de no vernos, de no poder coger, hace que podamos hablar más profundamente tal vez. Le metemos al sexting. Pero hablamos mucho por WhatsApp y antes no lo habíamos hecho tanto. Nos extrañamos mucho y estamos esperando el momento del reencuentro. Los dos vivimos en la ciudad de Buenos Aires, así que si se flexibiliza mínimamente…

De primera cita a convivencia

–Veníamos chateando por Instagram, tirando reacciones, emoticones y cositas, pero bueno, no nos habíamos encontrado nunca.

El viernes anterior al inicio de la cuarentena M. le dijo a N., como al pasar, que iba a ir a una fiesta.

–Si hubiera sabido que iba a pasar esto (la cuarentena) le hubiera dicho “vení porque viene el fin del mundo”. Le tiré las coordenadas de la fiesta. Y por suerte terminó yendo. Llegó bastante tarde, cuando la fiesta ya no era tan multitudinaria. La pasamos súper, y nos fuimos a dormir juntas. Nos teníamos bastantes ganas. No había que hacer mucho laburo de seducción. Así que nos fuimos a mi casa. La pasamos bomba. Se quedó hasta el sábado a la noche. Cuando nos separamos quedamos con esa sensación que tenés cuando la pasas re lindo. Pero bueno … era la primera vez que nos veíamos y se fue a su casa. Quedé re flasheada. Nos seguimos mandando fotos. Después dije: que boluda, podríamos habernos quedado juntas. Al final, nos quedamos juntas a través de las pantallas. Me quedé remanija. Ella también.

Las dos rondan los treinta años. Viven en un barrio porteño, cerca una de la otra.

–Nos vimos esa semana. Me invitó a su casa. Conocí a su gata.

Se sabía ya que venía la cuarentena. Pero M. no estaba convencida de invitar a N. a cumplirla juntas, principalmente por la incomodidad de vivir en un monoambiente.

–Me daban ganas de decirle. Quería pasarla con alguien. Tenía pensado irme a lo de alguna amiga. Todo ese jueves macabro, antes de que empezara la cuarentena, estuve tratando de decidir si le decía o no le decía. Hasta que ella me invita a cenar a su casa. Le digo: mirá que a las 12 arranca la cuarentena… ahí empezamos medio en chiste… entre las tortas siempre se dice, nos vamos a vivir juntas a la semana porque hay intensidad. Es un chiste recurrente en el ambiente torteril. Chiste va, chiste viene, me agarré la mochila, un par de cosas, y me subí a la bici. Andaba por la calle un poco flasheada. Me estoy yendo a pasar la cuarentena con una piba que conocí hace una semana, esto va a salir muy mal, me decía. De todas formas, tenía el recaudo de que estaba mi monoambiente esperándome para volver.

M. le pidió a su vecina que le regara las plantas, por si demoraba en regresar.

–Llegué, le toqué la puerta. Ya había preparado unos ñoquis con pesto. La situación era rarísima. Les escribí a mis amigas diciéndoles que me había ido a vivir con ella. Nadie entendía nada. ¿Quién es N.? ¿Qué te pasa? El mundo se está cayendo y vos estás armando un plan de vida, me decían. Todo era gracioso, chistoso, con el enamoramiento a flor de piel y estar viviéndolo en medio del desmadre. Al principio no encontraba nada en la casa. No sabía dónde estaban las cosas Había estado solo una vez antes. Andaba medio con pie de plomo. Garchamos de lo lindo. Garchando-comiendo-garchando-comiendo. Y ya después, el lunes, fue un poco más extraño porque ella empezó con teletrabajo. Estuvimos esa semana más de cotidianeidad. Y empecé a hacer videollamadas con mis amigas. Ella también. Yo aparecía en la pantalla, ella me presentaba… “hola, es mi novia”, les decía. Yo decía, “es mi amante”. Cada quien usaba sus propias presentaciones con sus amigas. Mi mamá también me preguntó con quién estás pasando la cuarentena: con una chica que conocí la semana pasada, ma. Y se me reía mi madre. A ella le mostré una foto. No se la presenté en una videollamada porque me parecía muy extremo. Estuvimos así in love. Viviendo la cuarentena con las mariposas en el estómago.

Después de tres semanas de convivencia, M. decidió volver un tiempo a su casa. Y ahora están viendo si N. se muda con ella o cómo siguen.

–Me enamoré una semana antes de la cuarentena y no me quedó otra que hacer esto. Quién sabe qué hubiese pasado si no nos hubiésemos confinado juntas. Ahora estamos más bajas de intensidad … pero creo que tiene futuro esta historia.

Delivery de lencería sensual

V. estuvo casada durante más de tres décadas hasta que hace dos años tomó la decisión de separarse. Creció en una familia tradicional, conservadora y muy religiosa. Cuenta que por esas imposiciones morales que le inculcaron desde pequeña, le costó mucho tiempo convencerse de que ya su matrimonio languidecía. Hacía tiempo que se sentía infeliz con su marido. Siempre había priorizado la crianza de sus cuatro hijos y había postergado sus deseos. Trabaja en un estudio de abogados.

–Venía diciéndome que no me quería enganchar con nadie, que quería vivir mi soltería, hacer mi duelo, descubrirme. Me casé muy joven. Y en eso estaba cuando conocí a este personaje. Al principio me encantó, me cautivó. Muy distinto al modelo de hombre que yo conocía, más tradicional. Salimos siete meses y en el verano decidí terminar la relación porque él se estaba enganchando y yo no estaba para encarar algo más formal. Cortamos en enero. Sus hijos viven en el exterior igual que uno de los míos y cuando empezó a hablarse de la cuarentena pensé que seguramente estaría muy preocupado así que le mandé un mensajito y ahí empezamos a chatear, los dos preocupados por nuestros hijos. Me di cuenta de que lo extrañaba, de que no tenerlo cerca me entristecía, que lo amaba. Él vive en la ciudad de Buenos Aires y yo en el norte del conurbano. Me acuerdo que el 13 de marzo pensé pedirle un delantal a una médica amiga o comprarme un atuendo de enfermera por Mercado Libre para ir a verlo. Me había pensado todo el atuendo con ropa interior linda y delantal de enfermera. Era una emergencia sanitaria, estábamos en llamas, mensajéandonos –cuenta, y se ríe V.

Finalmente desistió.

–Gracias a la tecnología hemos aprendido a encontrarnos desde otro lugar. Hablamos mucho. Nos pasamos recetas de cocina. Además, me compré unos conjuntitos de lencería muy lindos que me trajeron a casa. Me re produzco para nuestras videollamadas, me maquillo, me saco la jogginetta, me divierto. Cuando veo que mis hijos están viendo una película, me cierro con llave en mi dormitorio y lo llamo. No veo la hora de que abran las compuertas. Me siento un mono enjaulado –dice y se vuelve a reír.

Reconciliación en cuarentena

F. y J. se conocieron hace cuatro años. Ella estaba casada, el no. Ella llevaba más de una década de matrimonio y tenía un hijo. El, se había separado hacía un año. Ella tiene 38 años. El 42.

–Nos empezamos a ver y a mí se me hacía muy difícil separarme. Y él se cansó de estar en ese rol de “pata de lana”. Un día me mandó a la mierda. Volvimos a vernos cuando yo ya estaba separada. Pero yo no lo quería blanquear tan rápido con mi familia, mis amistades. Y otra vez nos distanciamos. Nos dejamos de ver 3 o cuatro meses hasta que volvimos otra vez a fines de enero. Le conté a mi hijo, a mi ex. Y nos agarró la cuarentena en plena reconciliación. El vive solo en un departamento en la ciudad de Buenos Aires y yo en la zona oeste del conurbano con mi hija y tres perros. Estamos a 20 kilómetros. Así que nos llamamos por teléfono todos los días, estamos todo el tiempo comunicados. Tuvimos sexo virtual algunas veces. Vemos películas a la par o comemos juntos a través de una videollamada. Me angustia mucho pensar que la cuarentena se extienda seis o siete meses más o que pase lo peor y no nos volvamos a ver –dice F, que es productora de televisión.

El miedo a no volverlo a ver

B. y D. se separaron en el verano. Hacía tres años que convivían. Él se fue de la casa que compartían en el sur del conurbano el 31 de marzo, después de un mes de idas y vueltas. Ambos se acercan a los 50 años. Ninguno tiene hijos. Trabajan en el rubro audiovisual.

–El 12 de marzo nos encontramos a almorzar y su propuesta fue: “Yo sé que vos me amás, y mucho y por eso quiero proponerte que ahora, cuando alquile un departamento, intentemos volver a cero y recomenzar esto, desde un nuevo lugar. Quiero saber qué te parece esto”. Mis sensaciones fueron varias: primero la satisfacción de estar escuchando lo que sabía que iba a escuchar, pero por otro lado una profunda revulsión en mi estómago porque sé que no me quiero quedar con quien no me ama. Y sé que no me ama. Le dije que era inaceptable para mí su propuesta. Pero insistió, “pénsalo, yo sí sé que te quiero mucho, que sos importante para mí, sigamos hablando, encontrémonos la semana que viene”.

Pero ese encuentro nunca sucedió. La inminente declaración de aislamiento la llevó a ella a hacer teletrabajo desde el 17 de marzo. Él ahora vive entre la casa de un amigo y la de su madre en la ciudad de Buenos Aires.

Cuando se impuso la cuarentena obligatoria, empezamos a discutir virtualmente. El empezó a decirme que “ojalá que pronto nos encontremos”, yo a decirle que no quiero verlo. Es difícil cortar la comunicación en estas circunstancias. Todo se volvió más dramático y sombrío por una única razón: por primera vez la posibilidad de no salir vivos de esta situación nos atraviesa como cierta. La posibilidad de morir está presente y si bien es cierto que nadie sale vivo de su propia vida, esta distopía hace que toda decisión sea más compleja: de algún modo, a los dos nos aterra que cuando volvamos a salir a la calle, el otro ya no esté en una esquina, esperándolo. Tiene una enfermedad autoinmune y un trabajo de los considerados servicios esenciales, por lo cual va y viene todos los días a trabajar. ¿Hubiera sido todo diferente sin esta cuarentena? Sí, definitivamente sí. Probablemente yo hubiera expuesto todo lo que a cuenta gotas planteo por WhatsApp o teléfono y esta incertidumbre de no saber cómo seguir con la propia vida ya hubiera terminado. Posiblemente ya me hubiera sentado veinticinco veces con mis amigues a reconsiderarlo todo y ellos me hubieran ya dado los abrazos que estoy necesitando para decirle adiós para siempre. Mientras tanto y a mí favor, como mi propia neurosis hace estragos, comencé terapia virtual. Lo recomiendo.

 

 

Fuente: Página12


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